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Opinión

Los drusos de Israel muestran por qué la lealtad debe perdurar después de unas elecciones

Banderas israelí y drusa sobre un pueblo en una ladera al atardecer
Banderas israelí y drusa Aviso

La tradición de servicio de los drusos israelíes deja una lección clara: el compromiso con un país puede resistir la decepción política, los desacuerdos profundos y las exigencias de cambio.

Unas elecciones deciden quién gobierna el país. No deberían decidir si ese país sigue mereciendo nuestro compromiso. Esa distinción es lo que admiro de la arraigada tradición de servicio de los drusos israelíes: su lealtad a Israel trasciende a los políticos que lo dirigen temporalmente. Condicionar la pertenencia nacional a la victoria del partido preferido supone un criterio considerablemente menos exigente.

Un país compartido, con opiniones políticas diferentes

Los drusos son una minoría religiosa de habla árabe con una fe monoteísta propia. Sus comunidades viven en varios países, entre ellos Siria y Líbano, con historias políticas y lealtades distintas. Incluso en Israel y los Altos del Golán las identidades varían: muchos drusos del Golán se han identificado históricamente como sirios. La tradición que aquí se analiza corresponde a la vida cívica de los drusos israelíes, especialmente en las comunidades de Galilea y el Carmelo.

Se trata de una tradición, no de afirmar que todos piensan igual. La admiración pierde sentido cuando convierte a las personas en símbolos e ignora sus diferencias.

Según las Fuerzas de Defensa de Israel, el servicio militar obligatorio para los hombres drusos comenzó en 1956, tras las peticiones de dirigentes de la comunidad. Esa relación institucional perduró a través de los sucesivos cambios de gobierno. Su importancia reside en la responsabilidad asumida hacia el país y sus habitantes, más que en el apoyo a una coalición determinada.

El servicio tiene nombres y consecuencias

Pensemos en el teniente coronel Salman Habaka, de Yanuh-Jat, comandante del Batallón 53 de la Brigada Acorazada 188. Combatió contra terroristas de Hamás en el kibutz Be'eri el 7 de octubre de 2023. Más adelante, el ejército documentó su ayuda a tropas de Golani durante los combates en el norte de Gaza. Murió allí el 2 de noviembre, a los 33 años. Son actos concretos de responsabilidad, con consecuencias que ningún lema electoral puede abarcar.

El servicio público también continúa fuera del campo de batalla. El doctor Salman Zarka completó 25 años en el Cuerpo Médico del ejército israelí antes de convertirse, en 2014, en director del Centro Médico Ziv de Safed. Fue el primer médico druso al frente de un hospital israelí. Su trayectoria unió la medicina militar con la atención sanitaria civil.

La participación política ofrece otra expresión de pertenencia. Gadeer Kamal-Mreeh ingresó en la Knéset en abril de 2019 como su primera diputada drusa. La Agencia Judía recoge su trabajo por el avance de las mujeres, en asuntos internos y contra la delincuencia en la sociedad árabe. Posteriormente se convirtió en la primera representante drusa de esa institución y ejerció en Washington.

Defender a los ciudadanos, tratar a los pacientes, legislar y representar a Israel en el extranjero son distintas formas de asumir una parte de responsabilidad sobre un futuro común.

Discrepar también puede expresar pertenencia

Una de las demostraciones más claras de que la lealtad no exige coincidencia política llegó el 4 de agosto de 2018. Decenas de miles de personas se reunieron en la plaza Rabin de Tel Aviv en una protesta encabezada por drusos contra la Ley del Estado Nación. Reuters describió a manifestantes que portaban banderas israelíes y drusas mientras exigían derogar la norma.

La objeción era de fondo. Los críticos drusos consideraban que la ley no reconocía su igualdad dentro del país. El líder espiritual, el jeque Muafak Tarif, declaró ante la concentración: "A pesar de nuestra lealtad ilimitada al Estado, el Estado no nos considera iguales".

La frase unía lealtad y agravio en una sola oración. La exigencia era que el Estado respetara una relación que sus ciudadanos ya se tomaban en serio.

A mi juicio, esto refuerza el argumento a favor de un compromiso duradero. Los ciudadanos pueden impugnar leyes, organizar manifestaciones y exigir otros dirigentes precisamente porque consideran que el país también les pertenece. Una lealtad que no admita críticas daría a los políticos una autoridad sobre la identidad nacional que nunca se han ganado.

La obligación es recíproca. Un Estado debe responder a los agravios de sus ciudadanos con justicia y medidas concretas. Admirar el servicio de los drusos no puede sustituir la atención seria a sus preocupaciones.

Cuando la pertenencia se vuelve condicional

En un artículo del 20 de octubre de 2026, Srugim describió un intercambio en la emisora Gali Israel en el que el piloto retirado Guy Poran afirmó que no podría seguir viviendo en Israel si Benjamin Netanyahu continuaba como primer ministro después de todo lo que había vivido el país. Poran también dijo expresamente que aceptaría el resultado electoral y explicó su postura por su sufrimiento personal y su desacuerdo con el rumbo del país.

La declaración no borra sus años de servicio. Tampoco considerar la emigración convierte automáticamente a alguien en desleal. Las familias se trasladan por seguridad, trabajo, salud e innumerables razones personales; los israelíes en el extranjero pueden mantener un compromiso profundo con su patria.

La crítica se dirige a la idea de que una derrota política deba poner fin a la voluntad de compartir el futuro del país. Cuando alguien condiciona públicamente su permanencia a la victoria de su bando, concede al gobierno contrario un poder extraordinario sobre su propia pertenencia.

Un voto que no logra la victoria no anula la ciudadanía, la responsabilidad ni la capacidad de organizarse para cambiar las cosas.

La responsabilidad después de votar

Lo admirable del ejemplo de los drusos israelíes es su capacidad de combinar la contribución con el desacuerdo. Ofrece un criterio exigente para todos: seguir implicados, exigir un trato justo y continuar construyendo el país incluso cuando sus dirigentes decepcionan.

Ese criterio se aplica a todos los sectores políticos. Ganar unas elecciones otorga autoridad para gobernar, no la propiedad de Israel. Perder deja a los ciudadanos con voz, con una parte del futuro en sus manos y con trabajo por hacer.

Los gobiernos ocupan el poder. Israel sigue siendo el hogar.

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